martes, agosto 23, 2016

Algo pasa con Archie (parte 2)

En la anterior entrega habíamos hablado del éxito de Archie, de cómo se había convertido en un fenómeno cultural y de cómo había triunfado en otros medios además del papel. A finales de los sesenta y principios de los setenta es una marca bien consolidada, muy rentable, con varios títulos superventas y varias series de animación emitiéndose en televisión. El negocio había crecido tanto que la editorial, que nunca había tenido una estructura demasiado grande, cambió su estructura, hasta entonces controlada por los tres socios originales. Maurice Coyne se retiraría y fallecería poco después, en 1971, mientras que Louis Silberkleit y John Goldwater decidirían convertir la empresa en sociedad anónima. Las cosas no podían ir mejor.

Pero a partir de los setenta llega una progresiva decadencia. El mundo ha cambiado mucho. La inocencia de la época de bienestar de la posguerra desaparece y, en un mundo cada vez más cínico, los valores de la vida idílica de las pequeñas ciudades americanas, habitual retrato icónico del sueño americano desde los 50, resultan cada vez más anacrónicos. Es difícil conseguir que el público se identifique con una ciudad ideal cuando el mundo real ahora padece el desmantelamiento de la industria, el crecimiento del paro, escándalos políticos y económicos, activismo social, guerras sin fin, cada vez mayor tráfico y consumo de drogas, un auge de la delincuencia... Mientras otras editoriales afrontarían estos temas controvertidos (Marvel y DC tendrían sus problemas con la Comics Code Authority, la censura de facto que la industria del cómic instauró en 1954, por tratar el tema de las drogas, llevando de hecho a la revisión de sus normas) dando un decidido paso desde el mercado infantil a la búsqueda del público adolescente, Archie escogería evitar estos temas en la medida de lo posible manteniendo su universo como una especie de burbuja de idealismo, y ofreciendo, en general, una visión bastante conservadora de la vida americana (de hecho, las pocas veces que afrontaban estos temas, ofrecían una lectura bastante reaccionaria de lo que pasaba en el mundo). Conviene recordar que John Goldwater, que creía firmemente en la necesidad de que los comics tuvieran una firme base moral, había sido uno de los promotores originales del Comics Code, y que Archie Comics sería la última editorial en seguir sometiendo sus publicaciones a la autoridad del Comics Code, algo que haría hasta enero del 2011. Y probablemente esa postura no fuera mala para el negocio, dado que a pesar del auge de los movimientos sociales y contraculturales en los sesenta América seguía siendo mayoritariamente conservadora.
Hay que decir que Archie sí intentaba adaptarse a los tiempos, dentro de los parámetros que su línea editorial establecía. Solo que en esta nueva época de cinismo y desconfianza cualquier cambio era visto como poco sincero. Tratando de convertir Riverdale en un lugar ideal para todo tipo de gente, y celebrando la integración con algo de retraso, en 1971 es presentado un nuevo alumno del instituto de Riverdale, Chuck Clayton, el primer secundario regular negro de la serie, en principio un hábil atleta pero que en los 90 sería transformado en un aficionado al dibujo de comics. Pronto le seguirían su padre, el entrenador Clayton, que lleva la educación física y el equipo de baloncesto, y su novia Nancy Woods, que aparecería en 1976. La buena acogida que tuvieron Chuck y Nancy hizo que en 1977 aparecieran dos nuevos personajes hispanos, Maria Rodriguez y Frankie Valdez, que aunque en principio aparecieron cada uno por su lado pronto se convertirían en pareja fija. Sin embargo, aunque estos personajes se ganarían bastantes fans, no faltarían las voces que los acusarían de insustanciales y de no tener más función que la de aportar al universo de Archie de una diversidad racial de la que en principio carecía.
Lo que quizá no sea justo, dado que en realidad Chuck no fue el primer personaje negro importante del universo Archie. En 1969 ya había aparecido Valerie Smith, la bajista de las Pussycats, y desde luego no era un personaje del que pudieran quejarse ni afroamericanos ni feministas: guapa e inteligente, es la principal compositora del grupo y capaz de tocar hasta seis instrumentos diferentes, tiene grandes conocimientos de ciencia, es una hábil mecánica de coches y suele ser la que acaba salvando el día cuando están en apuros, y, en un giro que la separaba del retrato típico de la mujer en los cómics de la época, a diferencia de sus compañeras de grupo no tenía demasiada preocupación por su aspecto ni parecía especialmente interesada en una relación romántica, aunque de vez en cuando sí salía con algún chico. En 1970 Valerie acabaría convirtiéndose en el primer personaje femenino afroamericano de una serie regular de animación de TV. Un personaje muy moderno de cuya vigencia sería buen indicador que en el 2010 se convirtiese brevemente a Valerie en pareja del mismísimo Archie, aunque de ello ya hablaremos de nuevo en la próxima entrega.
Pero es verdad que Archie ya no conectaba con el público como antes. La popularidad de la serie fue descendiendo, las ventas bajaron, las series de animación acabaron desapareciendo, y la editorial acabaría regresando a principio de los 80 a su tradicional estructura de sociedad limitada, ahora en las manos de Michael Silberkleit y Richard Goldwater, hijos de los fundadores Louis y John, respectivamente. Pero éstos tampoco quisieron nunca emprender una renovación que tampoco veían demasiado necesaria. A fin de cuentas la franquicia seguía siendo muy rentable. Era con diferencia el cómic infantil más vendido de América, además de ser uno de los preferidos por el público femenino, y se publicaba con éxito en muchos países.
Así que optaron por evitar los cambios. Se primaron las historietas autoconclusivas y sólo de vez en cuando hacían una serie de historias con cierta continuidad, pero a diferencia de lo que harían otras editoriales se resistirían a convertir sus colecciones en series. El objetivo era que cada cómic pudiera seguir leyéndose de manera independiente, pero eso implicaba que al final de cada historia siempre debía regresarse al statu quo, y, por tanto, que nunca hubiera una evolución de los personajes, ni siquiera en la manera limitada en que otras franquicias (como las de superhéroes) la realizaban. También apostaron por mantener el estilo uniforme y limpio establecido como marca de la casa, haciendo que los comics de Archie tuvieran una estética inmediatamente reconocible, pero también limitando cualquier posible evolución gráfica. No pudieron evitar, sin embargo, que el envejecimiento y desaparición progresiva de los grandes autores clásicos que habían dado a Archie sus mejores momentos afectara la calidad de la serie, pero entre sus sustitutos tampoco faltarían talentos a destacar, especialmente Dan Parent, autor completo que sería uno de los principales renovadores de la serie a partir de los 90.

También se dedicaron a defender su propiedad a capa y espada a base de demandas. No es que fuera algo nuevo. Archie Comics siempre había sido bastante beligerante en ese tema. Poco podía hacer legalmente ante las imitaciones (DC había perdido ya en los años 30 sus litigios contra las imitaciones de Superman, creando un precedente), pero no se tomaba a bien la utilización del personaje como referente icónico. Aunque no habían puesto problemas a la desopilante parodia del personaje que Harvey Kurtzman y Will Elder habían llevado a cabo en 1954 en las páginas de Mad, convirtiendo a Archie y Jughead en delincuentes juveniles, no harían lo mismo en 1962 cuando los mismos autores volvieran a parodiar a sus personajes en su serie Goodman Beaver, en las páginas de Help!, convirtiéndolos en una panda de pervertidos, emborrachándose, participando en orgías e incluso vendiendo su alma al diablo. A John Goldwater no le hizo la más mínima gracia y la editorial demandó a los autores; y, aunque había precedentes favorables a la realización de parodias, finalmente se llegó a un acuerdo extrajudicial, y Kurtzman y Elder cedieron los derechos de la historia a Archie Comics, que la encerrarían en un cajón para siempre. Y no fue un enfado pasajero: todavía en 1984 los editores de Archie se negarían a ceder la historia para una recopilación de Goodman Beaver. Curiosamente, la historieta volvería a verse en 2004, cuando el editor de Fantagraphics Gary Groth descubrió que Archie Comics había dejado caducar los derechos y la obra había pasado al dominio público. Inmediatamente la publicó en The Comics Journal y la colgó en la web de la revista (actualmente ya no está disponible).

Este es el caso más famoso, claro, pero solo el primero de unos cuantos. En 1996 los herederos de Bob Montana demandaron a la editorial tratando de que se reconociera a Montana como el verdadero creador de Archie; la editorial contraatacó con otra demanda, y finalmente se llegó a un acuerdo extrajudicial desde el cual se reconoce a John Goldwater como el creador, y a Montana sólo como creador de la apariencia del personaje. Más lógico es que en 2003 la editorial amenazase con una demanda poco antes del estreno de una obra de teatro en la que un Archie adulto salía del armario, obligando al autor, Roberto Aguirre-Sacasa, a cambiar nombres y situaciones para poder estrenar (ironías de la vida, una década después Aguirre-Sacasa va a ser una pieza clave en el renacimiento de Archie, como veremos en la próxima entrega). Pero la cosa empezaría a ponerse obsesiva cuando en 2005 demandaron al grupo australiano The Veronicas por utilización de un nombre que consideraban infringía sus derechos, y definitivamente delirante cuando intentaron que varios sitios web dedicados a fan fictions retirasen todas las historias que utilizasen sus personajes, en un extraño caso de enfrentamiento contra sus propios fans.

Un pequeño paréntesis: Curiosamente, una editorial tan celosa con su propiedad permitiría, sin embargo, la utilización de su personaje en una serie de comic-books destinados a tiendas de material cristiano, repletas de prédicas bíblicas y mensajes ultraconservadores, editados por la editorial Spire Christian Books entre 1973 y 1984. La editorial, distribuída por una importante editorial de libros cristianos, era el proyecto de un dibujante llamado Al Hartley, que había pasado muchos años dibujando para Marvel y encargándose de una tira erótico-jocosa antes de abandonarla por cuestiones morales y convertirse en cristiano renacido en 1967. Entonces comenzó a trabajar para Archie, donde a veces ya introducía sutilmente sus ideas religiosas, antes de comenzar a realizar comics cristianos en 1973. Hartley consiguió convencer a Goldwater para que le permitiera publicar comics de Archie para el mercado cristiano, y de hecho sin tener que pagar por la licencia, aunque sí un porcentaje de las ventas. Resulta un material curioso, especialmente por cuanto aunque destinado a un público cristiano tuvo a veces distribución secular, sorprendiendo con sus prédicas cristianas a lectores confundidos.

En cualquier caso, y pese a su empeño por mantener Archie sin cambios durante años, Silberkleit y Goldwater no eran nada pasivos. Se movieron mucho para abrirse nuevos mercados (en 2006 consiguieron introducirlo en Oriente Medio, aunque tuvieron que redibujar el vestuario de las chicas para hacerlas más recatadas) y volver a tener presencia en televisión, aunque sus diversos intentos de series de animación nunca volverían a tener el éxito que en el pasado, pero sí consiguieron un gran éxito con la serie de Sabrina. Y por fin lograron llegar al cine, que hasta entonces se les resistía, con Josie and the Pussycats, como ya conté en la anterior entrega. Aunque esta película fue un fracaso comercial, la editorial ganó bastante dinero por los derechos y se benefició de la publicidad; sin embargo, no se mostraron satisfechos con la fidelidad de la adaptación, razón por la que la editorial decidió fundar su propia productora para encargarse de futuros proyectos, aunque sin demasiada fortuna: una anunciada película de Betty & Veronica fue cancelada en 2003.
Pero incluso Silberkleit y Goldwater sabían que el eje de su franquicia era el cómic. Y cuando llegaron los 90 el público infantil comenzó a decantarse por otras obras: fueron los años de la irrupción del manga, del renacido interés de los niños por los superhéroes tras el éxito de la serie animada de Batman, o del resurgir de los tebeos Disney gracias a esa serie de obras maestras que estaba haciendo Don Rosa en esos años. La mayor parte de los aficionados, incluyendo muchos de los padres de sus lectores, parecían verlo como poco más que ese cómic reliquia de los años 50 que siempre ha estado ahí, infantil y de humor blanco, nada ofensivo, básicamente insustancial y que, en general, era simpático y entretenía pero no era especialmente memorable.
Quizá por ello es a partir de entonces cuando los editores sienten que ahora sí necesitan introducir novedades y volver a llamar la atención. En 1989 probarían con Archie 3000, que era básicamente lo mismo pero en el futuro, pero no cuajó. Mejor suerte tendrían en 1994, donde además de un atípico crossover con Punisher (!), lanzaron Love Showdown, un arco argumental de cuatro números del que se encargó Dan Parent, y en el que, al estilo de lo realizado por DC con la muerte de Superman, la editorial apareció en todos los periódicos al anunciar que por fin habría una guerra abierta entre Betty y Veronica, y que Archie se vería obligado a elegir. Por supuesto, la editorial haría trampa: al final ambas quedarían con un palmo de narices al descubrir que Archie se iba ¡con Cheryl Blossom!, que regresaba a la serie después de más de una década de ausencia. Y por supuesto la serie continuaría adelante después de esta historia sin romper el statu quo.
Esta vez la jugada sí le salió bien a Archie, que recuperó la atención de los medios y de los aficionados. En los años siguientes intentarían seguir sorprendiendo incorporando nuevos personajes al reparto, como el indio aspirante a cineasta Raj Patel, la latina Ginger Lopez o la estudiante japonesa de intercambio Tomoko Yoshida, entre otros muchos que multiplicaron notablemente el reparto de secundarios. Incluso por vez primera se experimentó con estilos alejados del Archie clásico: en 2004 probaron con la estética manga con Sabrina y Josie and the Pussicats; y a partir del 2007, empezando con Bad boy trouble, una larga historia publicada a lo largo de cuatro números de Betty & Veronica, adoptaron una estética más realista para varias historias, que fue recibida con disparidad de opiniones, pero que cumplió con su objetivo de volver a situar a Archie en el centro de atención.

Y justo cuando Archie estaba empezando a resurgir, los dos responsables fallecieron: Goldwater en 2007 y Silberkleit en 2008. Les sucedería Jonathan Goldwater, hermanastro del primero, un ex-manager de rock que dio luz verde a nuevas ideas y cambios hasta entonces inéditos en la historia de la editorial. Pero eso lo veremos en la tercera (y última) entrega, en la que hablaremos del renacimiento vivido en esta última década, del fin de una época y el inicio de una nueva.